La Guerra de los Mundos recuerda a Tom Cruise dirigido por
Spielberg en 2005; recuerda al musical de rock sinfónico creado por Jeff Wayne
en 1978; a la primera versión cinematográfica de 1953; a la adaptación
realizada por Radio Quito en 1949 que terminó con el incendio de la emisora y
35 fallecidos; a la versión radiofónica de Orson Welles que en 1938 sembró el
pánico en N. York y Nueva Jersey.
Pero mucho antes que todo esto ocurriera, que existieran los
extraterrestres y los ovnis, H.G. Wells imaginó Londres como el escenario de la
primera invasión a la tierra. Nuestra imagen mental los trae en naves
espaciales pero los primeros llegaron en cilindros como si de balas se trataran
y no cruzaban millones de años luz sino que venían desde ahí al lado, desde
Marte, por eso fueron llamados marcianos. Ni siquiera eran cabezones con cuerpo
de niño de Biafra. En 1898 los primeros invasores eran una masa amorfa, toda
cabeza, de un metro veinte de diámetro, en cuya espalda tenían una enorme
superficie timpánica; en la parte anterior dos enormes ojos y entre ellos un
especie de pico carnoso. Más abajo poseían ocho pares de tentáculos que hacían
las veces de manos. No tenían sistema digestivo; poseían un complejo sistema
cardiopulmonar y el resto de toda esa masa era ocupada por un enorme cerebro y
grandes nervios conectados a oído, ojos y manos.
Lectura entretenida y a veces subyugante en la que Wells a
pesar de poner fin a la guerra da la impresión que en ocasiones deja caminos
abiertos para crear una trilogía o una saga, tan de moda hoy en día. No lo
hizo, sin embargo han sido muchas las versiones de sus obras tanto de La guerra
de los mundos como de La Máquina del Tiempo, El Hombre invisible o La isla del
Dr. Moreau.
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