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LA CASA DEL SILENCIO. Blanca Busquets

CARTAS QUE SIEMPRE ESPERE. María de la Pau Janer

GINEBRA PARA DOS. Rebeca Rus

CASA DE VERANO CON PISCINA. Herman Koch
LA RIDÍCULA IDEA DE NO VOLVER A VERTE. Rosa Montero

Hijo de ladrón. Manuel Rojas
Aniceto vive con su madre, tres hermanos y un padre que
ejerce como tal durante el día pero que desaparece por temporadas, en unas
ocasiones debido a su trabajo y en otras como consecuencia del mismo. Llega el
día en que acude a la cárcel con su madre y se entera que El Gallego, ladrón de
guante blanco, es el sobrenombre con el que su padre es conocido en las
comisarías. Su vida cambia cuando muere su madre y El Gallego se arriesga a dar
el golpe de su vida que pueda aportar un futuro económico a sus hijos. A partir
de ese instante los hijos malviven, se dispersan y Aniceto viaja desde
Argentina a Chile y cuenta los avatares de su vida como hijo de ladrón sin
llegar a cometer robo ni crimen alguno.
Huasipungo. Jorge Icaza
Huasipungo es donde tiene la casita, donde cultiva, donde
corretean las gallinas; es ese trocito de terreno que otorga el dueño de la
hacienda a la familia india por parte de su trabajo diario; es todo su mundo. Pero
viene el latifundista con necesidad de acercar el progreso siguiendo los
intereses ordenados desde Quito, la capital; de hacer un carretero que haga
fácil el espolio de la madera y que sirva para llegar hasta el petróleo que aseguran los gringos que existe. Y apoyado
en el teniente político y en el cura y amparándose en el látigo del cholo,
mestizo de blanco e indio, la obra se abre camino en las primeras décadas del
siglo pasado entre abusos y violencia hasta que la crecida del río, provocada
por la negligencia autoritaria ante la necesidad de su limpieza colinas arriba,
acaba con los huasipungos, los cultivos, las gallinas y los guaguas (niños
pequeños) que por allí correteaban mientras las mujeres se encargaban del maíz
y los hombres desbrozaban el monte.
Una historia que se repite y que gracias a Icaza se
convierte en memoria escrita que ayuda a entender el por qué de aquellos barros
vienen estos lodos y de aquellos huasipungos estas revoluciones.
Bestiario. Juan José Arreola
Lo vi inserto entre otros en una de las estanterías dedicadas
a literatura latinoamericana. Había leído previamente Confabulario. Si es de
Arreola... me dije. ¡Cómo evitar al menos ver la portada! Con el dedo índice lo
fui inclinado. ¿Un oso pedaleando en bicicleta? ¡Cómo evitar tenerlo entre las
manos para comprobar tal equilibrio! Bestiario, Cantos del mal dolor, Prosodias
y Aproximaciones. El último bloque parece poesía escrita y algo lioso,
metafísico. El resto, lo abras por donde lo abras, leas cualquier relato corto
que elija la suerte, logra tal equilibrio entre todo lo que expresa con tan
pocas frases que como su apellido, riza el rizo, y convierte un espacio
circular abierto en una “areola literaria” llena de terminaciones nerviosas que
estimulan la fantasía.
Y es que Juan José con un papel y un lápiz entre las manos
sabe lo que hace.
Nadie encendía las lámparas. Filisberto Hernández
Los relatos de Filisberto forman parte de la nebulosa de la que partieron
los cometas. Ese fondo de materia en expansión donde tuvo lugar la formación de
esas enormes bolas cuyas colas iluminadas dejan un rastro indeleble en las
generaciones que los leemos en el cielo literario. Esos enormes trazos en el
firmamento llamados García Márquez, Vargas Llosa, Cortazar y tantos otros.
Seguir el rastro hasta conocer dónde confluyó tanta brillantez hace necesario el indagar en las colas que van dejando tras sus entrevistas, sus prólogos, sus discursos ante
los grandes premios. Es ahí donde aparece el origen de sus big bang literarios
y donde aparecen nombres como el de Filisberto, aportado por estos fenómenos
estelares, como explicación a sus Macondos, sus Cachorros y Rayuelas.
Filisberto era uruguayo. Curiosamente, si a él le siguiéramos
su cola en busca de sus orígenes comprobaríamos cómo su nebulosa fue posible gracias
a su abuela de Gran Canaria y a su padre Prudencio Hernández, de Tenerife.
Una pantera en el sótano. Amos Oz
Apenas llega a las 233 páginas. ¡Qué pena!
Leer las aventuras del niño judío Profi, durante la
ocupación británica en 1947 de Palestina antes de ser creado el estado de
Israel, viene a ser como la tentación por coger aquel bote de leche condensada
guardado celosamente en la alacena. La tentación de solo dar una
chupada en uno de aquellos dos agujeros negros sobre el disco metálico, de
sentir la boca empalagada, llena de dulzor; de notar su menor peso al
volverlo a colocar en el mismo lugar, con el dibujo de la lechera mirando al
frente, tal cual lo dejaba tu madre. Así es la lectura de esta pequeña obra de
arte de Amos Oz.
Solo una chupada, solo un capítulo, te dices. Deja algo para
mañana, y cuando te vienes a dar cuenta el bote está vacío, con esa sensación
de traición que le inculcan sus amigos a Profi por aceptar el intercambio de
clases de hebreo e inglés con un sargento de la policía británica; relación que
él ha aceptado pensando en sacarle informacón al “enemigo”. Y aún a sabiendas
que por desgracia el libro se acaba, continuas leyendo, chupando capítulos, con
la misma emoción en las entrañas de saberte, inevitablemente, descubierto por
tu madre, oyendo la reprimenda tras la que era capaz de esconder su sonrisa.
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