Si al título unimos a una joven de trece años que se
deja raptar por su novio para evitar el modelo de vida que su padre, en un
pueblo turco cerca de Armenia, hace vivir a su madre y a todos sus hermanos y
hermanas, es de entender la temática a través del título.
En una sociedad en la que el honor del
padre es la máxima del patriarca los adornos femeninos se convierten en
cárdenas pulseras y collares, en el imperativo de llevar la mirada al suelo
para no provocar celos e ir tapada para ocultar los cárdenos verdugones en
cualquier parte del cuerpo. A ello hay que sumar las violaciones anteriores y
posteriores en función del prurito fisiológico del macho alfa de la
manada.
Y sin embargo, hay un ramalazo de poesía
en esa forma de contar a base de relatos cortos a pesar de que la historia se
repite en casa de la madre del novio, tras el casamiento y la salida migratoria
hacia Austria, a pesar de los tres hijos y de la escasez de alimentos y las
condiciones insalubres de las viviendas.
Y es que al final una novela que
pareciera la autora ha exprimido hasta el máximo, en cuanto al uso y las formas
de violencia doméstica, se convierte en un hecho real.
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