Buscar título en este blog

Dos años al pie del mástil. Richard henry Dana, hijo.



En cuanto estuvo a pique el ancla, el primer oficial, en lo alto del castillo, dio orden de largar las velas, y se distribuyeron por las vergas compitiendo unos con otros –llegando primero el mejor-, desencadenaron los tomadores de los brazos y de la cruz, y en cada verga se quedó un hombre con el aparejuelo en el bolso, con una vuelta alrededor de la ostaga, listos todos para largar, mientras el resto bajaba a atender las escotas y las drizas. El primer oficial voceó entonces a las vergas «¿Listos a proa»?, «Lista la sobremesana? », etc; y al contestar todos «Listos señor», dio orden de largar; y en un abrir y cerrar de ojos el barco, que hasta ahora sólo había mostrado las vergas peladas, se cubrió de lona suelta del calcés de sobrejuanete a la cubierta.

Para quien precise más detalle, al final del libro tiene un glosario. Pero la maniobra realizada a bordo del barco de vela entenderse se entiende. Así como el resto de la narración de un viaje contado como marino y no como mando en el que se relata la vida a bordo de un bergantín que parte de Boston a San Francisco para traer de regreso la bodega hasta los topes de pieles.
Para quienes gusten de la mar y en concreto de la navegación a vela disfrutarán de un viaje lleno de imprevistos y de léxico marinero del que me he quedado con el término «beque» al resolver una duda en aquellos barcos de uno de los aspectos fisiológicos de cualquier ser humano que se alimente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario