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Hijo de ladrón. Manuel Rojas



Aniceto vive con su madre, tres hermanos y un padre que ejerce como tal durante el día pero que desaparece por temporadas, en unas ocasiones debido a su trabajo y en otras como consecuencia del mismo. Llega el día en que acude a la cárcel con su madre y se entera que El Gallego, ladrón de guante blanco, es el sobrenombre con el que su padre es conocido en las comisarías. Su vida cambia cuando muere su madre y El Gallego se arriesga a dar el golpe de su vida que pueda aportar un futuro económico a sus hijos. A partir de ese instante los hijos malviven, se dispersan y Aniceto viaja desde Argentina a Chile y cuenta los avatares de su vida como hijo de ladrón sin llegar a cometer robo ni crimen alguno. 

Huasipungo. Jorge Icaza



Huasipungo es donde tiene la casita, donde cultiva, donde corretean las gallinas; es ese trocito de terreno que otorga el dueño de la hacienda a la familia india por parte de su trabajo diario; es todo su mundo. Pero viene el latifundista con necesidad de acercar el progreso siguiendo los intereses ordenados desde Quito, la capital; de hacer un carretero que haga fácil el espolio de la madera y que sirva para llegar hasta el petróleo que aseguran los gringos que existe. Y apoyado en el teniente político y en el cura y amparándose en el látigo del cholo, mestizo de blanco e indio, la obra se abre camino en las primeras décadas del siglo pasado entre abusos y violencia hasta que la crecida del río, provocada por la negligencia autoritaria ante la necesidad de su limpieza colinas arriba, acaba con los huasipungos, los cultivos, las gallinas y los guaguas (niños pequeños) que por allí correteaban mientras las mujeres se encargaban del maíz y los hombres desbrozaban el monte.
Una historia que se repite y que gracias a Icaza se convierte en memoria escrita que ayuda a entender el por qué de aquellos barros vienen estos lodos y de aquellos huasipungos estas revoluciones.

Bestiario. Juan José Arreola



Lo vi inserto entre otros en una de las estanterías dedicadas a literatura latinoamericana. Había leído previamente Confabulario. Si es de Arreola... me dije. ¡Cómo evitar al menos ver la portada! Con el dedo índice lo fui inclinado. ¿Un oso pedaleando en bicicleta? ¡Cómo evitar tenerlo entre las manos para comprobar tal equilibrio! Bestiario, Cantos del mal dolor, Prosodias y Aproximaciones. El último bloque parece poesía escrita y algo lioso, metafísico. El resto, lo abras por donde lo abras, leas cualquier relato corto que elija la suerte, logra tal equilibrio entre todo lo que expresa con tan pocas frases que como su apellido, riza el rizo, y convierte un espacio circular abierto en una “areola literaria” llena de terminaciones nerviosas que estimulan la fantasía.
Y es que Juan José con un papel y un lápiz entre las manos sabe lo que hace.

Nadie encendía las lámparas. Filisberto Hernández



Los relatos de Filisberto forman parte de la nebulosa de la que partieron los cometas. Ese fondo de materia en expansión donde tuvo lugar la formación de esas enormes bolas cuyas colas iluminadas dejan un rastro indeleble en las generaciones que los leemos en el cielo literario. Esos enormes trazos en el firmamento llamados García Márquez, Vargas Llosa, Cortazar y tantos otros. Seguir el rastro hasta conocer dónde confluyó tanta brillantez hace necesario el indagar en las colas que van dejando tras sus entrevistas, sus prólogos, sus discursos ante los grandes premios. Es ahí donde aparece el origen de sus big bang literarios y donde aparecen nombres como el de Filisberto, aportado por estos fenómenos estelares, como explicación a sus Macondos, sus Cachorros y Rayuelas.
Filisberto era uruguayo. Curiosamente, si a él le siguiéramos su cola en busca de sus orígenes comprobaríamos cómo su nebulosa fue posible gracias a su abuela de Gran Canaria y a su padre Prudencio Hernández, de Tenerife.

Una pantera en el sótano. Amos Oz



Apenas llega a las 233 páginas. ¡Qué pena!
Leer las aventuras del niño judío Profi, durante la ocupación británica en 1947 de Palestina antes de ser creado el estado de Israel, viene a ser como la tentación por coger aquel bote de leche condensada guardado celosamente en la alacena. La tentación de solo dar una chupada en uno de aquellos dos agujeros negros sobre el disco metálico, de sentir la boca empalagada, llena de dulzor; de notar su menor peso al volverlo a colocar en el mismo lugar, con el dibujo de la lechera mirando al frente, tal cual lo dejaba tu madre. Así es la lectura de esta pequeña obra de arte de Amos Oz.
Solo una chupada, solo un capítulo, te dices. Deja algo para mañana, y cuando te vienes a dar cuenta el bote está vacío, con esa sensación de traición que le inculcan sus amigos a Profi por aceptar el intercambio de clases de hebreo e inglés con un sargento de la policía británica; relación que él ha aceptado pensando en sacarle informacón al “enemigo”. Y aún a sabiendas que por desgracia el libro se acaba, continuas leyendo, chupando capítulos, con la misma emoción en las entrañas de saberte, inevitablemente, descubierto por tu madre, oyendo la reprimenda tras la que era capaz de esconder su sonrisa.