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Las hojas muertas. Bárbara Jacobs.


He de confesar que el primer capítulo que lleva por título: Edgar Allan Poe, el Cadillac y la casa, en el que se presenta al protagonista y su entramado familiar, con raíces en el Líbano que se extiende por Estados Unidos y por México, no fue leído con mucho gusto. La forma de puntuar, de exponer el parentesco entre los familiares, la repetición de palabras y de ideas me llevó a optar por lo más fácil: como fue alumna, compañera, esposa y viuda de Augusto Monterroso… Sin embargo, continué y tras su lectura he podido entender el por qué, con su primera novela: Las hojas muertas, Bárbara Jacobs ganó el Premio Xavier Villaurrutia en 1987 y ha sido traducida a varios idiomas.

La vida del protagonista, su capacidad para luchar por las causas justas sin recompensa, de caer y levantarse en sus empresas, de mantener unida a la familia a pesar de las distancias y la forma de abandonar esta vida han facilitado el cambio de opinión.

Las torres de Barchester. Anthony Trollope.


La trama viaja en landó a ritmo victoriano entre las rectorías de un condado inglés imaginario llamado Barchester. Las luchas por ocupar los deanatos, prioratos y obispados se entrelazan con las tensiones amorosas que pretenden abrir una brecha en la moral decimonónica de la época. En sus primeras páginas las vías que comunican el artesonado religioso y sus capellanes, prebendados y archidiáconos hacen la lectura un poco tortuosa pero pronto el trote se acelera y se vuelve entretenida, sobre todo con la capacidad de descripción de los caracteres psicológicos, por parte de Trollope, de los distintos personajes en la búsqueda de mejores rentas tanto económico - religiosas como matrimoniales.

Verso y Prosa. Juan Pérez Delgado. Nijota.


En verso, es Nijota reportero de los aconteceres del pueblo. Su pluma se desliza por los vericuetos más diversos sin renunciar al jabla del mago isleño.
Entrañable lectura de un hombre de porte serio que supo volcar a través de la poesía todo aquello que en la calle acontecía.
De sus páginas se desprenden la canción de Los Sabandeños en torno al intermediario en el negocio frutero y su inquietud por la proliferación de los “Higa” a motor, de las bicicletas, los semáforos y los problemas que ocasionan al peatón. También versa sobre los amores de conveniencia que lejos de serlo mejor sería llamarlos de supervivencia.

En boca de Seña María habla del tipismo canario. De las primeras elecciones y del baile de magos, de la lotería y las vacunas, del por qué la leche va a más si las vacas van a menos, del folklore y de la saltona tartamuda. Curiosa la inauguración de la recova de Santa Cruz, la del teleférico, su mención al Teide y al Festival del Atlántico, a las Fiestas de Invierno y sus máscaras así como a la norma de caminar por una acera para subir y la contraria para bajar o aquella otra lagunera que acabó con los gatos callejeros a gatillo de escopeta mientras en la capital, emulando igual disposición, fueron más tolerantes y metidos en sacas por Anaga fueron a fondear.

Los buscadores de oro. Augusto Monterroso.


Al rescatar de su memoria argumentos más que suficientes, que justifican en la lejanía, los ingredientes necesarios que le llevaron a la escritura, ni Monterroso mismo sabe si fueron o no determinantes.
De familia militar anduvo hasta la adolescencia al son de los dictámenes de las compañías bananeras americanas. Fueron muchos los viajes de ida y vuelta  entre Honduras y Guatemala para acabar afincado en México. Se crió oyendo el sonido de una imprenta y vio las películas del revés en el cine al jugar tras el lienzo donde se proyectaban. Su casa siempre fue arribo de toreros, artistas, escritores, poetas, cantantes y de su abuela y tío oía trozos de Las mil y una noches, de El Quijote, de Rubén Darío.

Ya lo dice el propio don Augusto: «El pequeño mundo que uno se encuentra al nacer es el mismo en cualquier parte en que se nazca; sólo se amplía si uno logra irse a tiempo de donde tiene que irse, físicamente o con la imaginación»