El señor que aparece en la
foto fue Gustav Krupp von Bohlen und Halbach. Es posible que el apellido Krupp
le suene a unos pocos. Si le anteponemos el Thyssen sonará algo más. Suena a Carmen Cervera, a museo y ascensores, pero sobre todo a la sociedad Thyssen-Krupp, conglomerado todopoderoso del acero.
El 20 de febrero de 1933, en
el palacio del presidente del Reichstag, Krupp se reúne secretamente con
Hermann Göring sin un orden del día establecido. Nace así una alianza en la que
el apoyo económico al partido nazi repercutirá en beneficio de su empresa una
vez el Fhürer, Adolf Hitler, llegue al poder.
En la década de los 60 del
siglo pasado, la Kupp, se comprometió a pagar mil doscientos cincuenta dólares
a cada superviviente judío que, como trabajadores forzados, las SS
suministraron a sus fábricas tras ser deportados en Buchenwald, en Flossenbürg,
en Ravensbrück, en Sachsenhausen, en Auschwitz.
A esa reunión sin orden del
día acudieron otros veintitrés caballeros, entre otros: Kurt Schmitt (Allianz
seguros), Gunter Quandt (BMW), Wilhelm von Opel. Sus empresas, al igual que la,
Daimler, Shell, Telefunken, así com la IG Farben de donde nació la Bayer, la
Hoechst, la Agfa, la Siemens, hicieron lo propio.